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Palabras, palabras, palabras...

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Chemi, 26 años, París

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Jueves, 13 de abril de 2006

Misiva cobarde que penderá en el vacío

Siempre, de un modo más o menos preciso, te tengo presente, cada día, cada noche, estás ahí y yo, estúpido y cobarde, pienso en ti y te sueño y te imagino y te hablo y, en el fondo, te sigo amando. Signifique eso lo que signifique. Pero tu cuerpo está lejos, a dos mil kilómetros de mi cuerpo, a dos años de mí. Y mis palabras que siempre te buscaron sin encontrarte del todo te siguen buscando a ciegas, perdidas y confusas, hundiéndose cada vez más en mi triste recuerdo y haciéndolo poco a poco más profundo y oscuro y lejano.

Pero hay momentos en los que tu nombre o tu cara o tus manos o tus besos o aquella mirada que me desarmaba por completo vuelven a mí de un modo aterrador y me sobrecogen y nada puedo hacer excepto quedarme quieto y callado y tratar de seguir respirando y no volverme loco aquí sin ti. Hay momentos en que la noche se burla de mí y tú me sonríes de nuevo y estás a mi lado y puedo oírte y olerte y hasta tocarte cuando, en realidad, no estás a mi lado y no puedo oírte ni olerte ni tampoco tocarte y me mareo y querría gritar o llorar pero no puedo, no puedo gritar ni llorar y simplemente trato de contener mis latidos agitados y de volver a esta realidad que hoy me rodea lejos de ti.

Hay momentos malditos y terribles y perfectos en los que otra vez estoy contigo aunque sé que no es cierto y que tú no estás conmigo pero igual yo te siento aquí y no me importan la verdad ni la mentira sino sólo el hecho de que tú estás a mi lado y todo lo demás, París, la muerte, el universo, carecen de valor ante la revelación dolorosa que es tu presencia imaginaria junto a mí.

Por Chemi | Literatura | Comentarios (1) | Referencias (0)

Miércoles, 12 de abril de 2006

Excursus frente al espejo

Un cansancio que responde a esa cobardía inteligente y falaz que envuelve a este joven sin que él se dé cuenta o sin que él quiera o pueda darse cuenta. ¿Por qué?, porque le asusta mirarse frente al espejo, porque aún no sabe que nada existe más allá de los propios ojos inquisidores frente al espejo y porque no quiere enfrentarse a ellos y porque aunque adivina que nada hay bajo la piel excepto órganos cansados, le asusta reconocer que su piel palpita de miedo y que su cuerpo tiembla de miedo y que sus manos están siempre heladas por el miedo. ¿Pero por el miedo a qué?, por el miedo, sobre todo, a la soledad, pero no a la soledad del que estúpidamente se siente solo, sino a la soledad perfecta y magnífica del quedarse a solas con uno mismo sabiendo con aterradora claridad que en realidad se está solo sin ni siquiera ese uno mismo, que ese uno mismo no es sino una ilusión o un fantasma que nace, de nuevo, de aquella cobardía que sonríe en la oscuridad. Por miedo a la soledad del que está frente al espejo y sabe con una certeza definitiva que esa imagen sobre la superficie del cristal es todo lo que existe de él.

Por Chemi | Literatura | Comentarios (1) | Referencias (0)

Sábado, 04 de marzo de 2006

Unas palabras de Alexievitch

« J'avais 12 ans quand un événement a fait éclater ce monde livresque. En Biélorussie, nous avons une fête où tout le monde va au cimetière. Ce jour-là, une vieille femme que l'on appelait tante Marie restait toujours seule. J'ai demandé pourquoi, on m'a répondu : tu es trop petite pour le savoir. Mais, dans le monde clos du village, tout se sait. J'ai appris que, pendant la guerre, lorsque les Allemands envoyaient des expéditions punitives dans les villages accusés de collaborer avec les partisans, quelqu'un a pu prévenir que notre village allait être brûlé et tous les gens sont partis précipitamment sans avoir le temps de prendre de la nourriture. Les villageois se sont réfugiés dans les marécages, enfoncés dans l'eau jusqu'au cou, pour ne pas être traqués par les chiens allemands. Ils sont restés ainsi pendant une semaine, le jour dans l'eau, la nuit assis sur des souches. Cette femme avait trois enfants. L'une de ses filles pleurait tout le temps. Au cinquième jour, les gens ont entendu cette petite fille crier «maman, ne me tue pas, ne me noie pas, je ne te demanderai plus jamais à manger». Quand elle pleurait, elle mettait en danger la vie des villageois. Et un matin cette petite n'était plus là, sa mère l'avait tuée. D'un côté cette femme a sauvé le village et d'un autre côté elle a fait quelque chose d'inimaginable. Le village l'a condamnée : personne ne lui a plus parlé. Lorsque son mari est revenu du front, il l'a quittée. A côté de cette histoire, les récits des livres me sont apparus insuffisants »

Svetlana Alexievitch
Entretien dans Libération, 15 mars 2003



« Tenía 12 años cuando un acontecimiento hizo estallar todo ese mundo libresco. En Bielorrusia hay ud día de fiesta en el que todo el mundo va al cementerio. Pero ese día, una mujer mayor a la que llamábamos Tía Marie se quedaba siempre en casa. Yo pregunté por qué, y me respondieron: eres demasiado pequeña para saberlo. Pero en aquel mundo cerrado que era mi pueblo todo se sabía. Me enteré de que durante la guerra, cuando los alemanes enviaban expediciones de castigo a los pueblos acusados de colaborar con los partisanos, alguien pudo avisar de que nuestro puebo iba a ser quemado, por lo que todo el mundo se marchó precipitadamente, sin tiempo ni para coger algo de comida. Se refugiaron en los pantanos, sumergidos hasta al cuello en el agua para que los perros de los alemanes no les descubrieran. Estuvieron así durante una semana, por el día en el agua, por la noche subidos a los árboles. Esta mujer tenía tres hijas. Una de las niñas lloraba todo el tiempo. Al quinto día, la gente del pueblo oyó a la niña gritar "mamá, no me mates, no me ahogues, ya no te volveré a pedir comida". Cuando lloraba, ponía en peligro la vida de todos. Y una mañana la niña ya no estaba, su madre la había matado. Por una parte, esta mujer salvó a todo el pueblo, pero por otra, había hecho algo inimaginable. La gente la condenó: nadie le volvió a hablar. Cuando su marido regresó del frente, la abandonó. Al lado de esta historia, los relatos de los libros se me revelaron insuficientes »

Svetlana Alexievitch
Entrevista en Libération, 15 de marzo de 2003

[la traducción es mía]

Pero esas mismas palabras son ya un relato. Creamos y re-creamos el mundo siempre con palabras. El mundo, la existencia, la realidad, son un relato continuo, una re-creación interminable y sin pausa en la que las palabras brotan sin cesar, bullen en una fuente inagotable, imperecedera, que surte de palabras y más palabras nuestro espacio y nuestro tiempo, a los que precisamente con-forma con ese acto extraño y misterioso en el que inunda a los hombres y en el que los hombres nacen y respiran y se alimentan y del que no pueden escapar. Palabras. No hay sino relatos, sino infinitos listados de palabras en los que increíblemente imaginamos trazado un sentido, una voluntad, un significado, un mensaje. Palabras, palabras. Andamos sobre ellas, nos llueven en la cara, las inhalamos, las masticamos, las degustamos, nos intoxicamos, las apartamos para pasar, las olemos, nos golpean, nos vestimos con ellas, nos hacen sangrar, nos dan la muerte y la vida, que no son nada más que palabras, que no son nada menos que palabras. Somos relatos, somos un relato, todo lo que tiene cabida en la palabra 'todo' es un continuo de palabras veloces o lentas, fugaces, pesadas, hermosas, horribles, que no cesan de moverse, de atravesarnos y rodearnos, de ocuparlo todo y de afirmarlo todo y de negar cualquier posibilidad a parte de ellas o sin ellas. El mundo y tu vida y el hambre y mirar por el balcón y el universo y el calor y vomitar son relatos y son también un gran relato único que hace avanzar al tiempo, empujándolo atropelladamente, y que también hace retroceder al tiempo, un relato que se mueve en todas direcciones, que crece y decrece en todas dimensiones, en una indefectible re-creación de lo que ha sido y de lo que será. Todo es un relato y todo son palabras y no hay nada más que palabras y en ellas no vemos nada más que relatos aquí y allá, de límites arbitrarios, individuales, intersubjetivos, colectivos. La verdad es un relato, la mentira es un relato, la belleza es un relato, la literatura es un relato, París durante la noche y el frío es un relato y París ayer es un relato y tú eres un relato, un torrente de palabras alborotadas que fluyen a borbotones.

El relato no es insuficiente, el relato es el canon, es la medida de todas las cosas, es el espejo y es la cara que se mira en el espejo y es la imagen que muestra el espejo.

Los relatos no son, no pueden ser, insuficientes. Son lo único que tenemos, son todo lo que tenemos.

Después, un relato concreto y en referencia a unos criterios cualesquiera, puede ser, entonces sí, estúpido, magnífico, genial, insuficiente.

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Martes, 31 de enero de 2006

Unas palabras de Bukowski

« La capacidad de escribir. Era un miedo. Y no se trataba de la fama. Ni del dinero. Se trataba de mí. Necesitaba el desahogo, el entretenimiento, la liberación de la escritura. La seguridad de la escritura. Aquel maldito trabajo. Todo el pasado no significaba nada. La reputación no significaba nada. Lo único que importaba era la siguiente línea. Y si la siguiente línea no llegaba, estaba muerto »

Charles Bukowski
El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco


Cualquier persona que escriba, cualquier persona, puede verse tentada a escribir sobre el escribir. Unos lo hacen mejor, otros lo hacen peor. Pero creo que es difícil de expresar más claramente, lo único que importaba era la siguiente línea... y si la siguiente línea no llegaba, estaba muerto.... Ésa es la definición de la pasión por escribir.

Que no hay que confundir con la voluntad de escribir, con el deseo de desear escribir. Tal vez se pueda llegar a una a través de la otra, tal vez en los dos sentidos del viaje. O tal vez no. Y luego está el drama de no saber escribir. Ah.

-> Bukowski, Charles - El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco

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Martes, 24 de enero de 2006

Unas palabras de Hemingway

« Te he visto, monada, y ya eres mía, por más que esperes a quien quieras y aunque nunca vuelva a verte, pensé. Eres mía y todo París es mío y yo soy de este cuaderno y este lápiz »

Ernest Hemingway
París era una fiesta


Ernest cuenta que al poco de estar en París entró en un café de la Place Saint-Michel a resguardarse de la lluvia, que pidió un café con leche -un crème- y que se dedicó a concluir un relato que ya llevaba unos días escribiendo. Entró allí entonces una hermosa joven parisina y se sentó en una mesa junto a la ventana a observar la lluvia caer sobre París. Y cuenta Ernest que él, en París, en un café de la Place Saint-Michel, la observaba a ella mientras ella observaba cómo llovía sobre París.

¿Podemos imaginar una imagen más literaria?

Por supuesto que podemos, pero ésta ya lo es bastante.

Obviamente, yo no creo que ocurriera así. Cuenta también Hemingway que en París fue muy pobre y muy feliz (Vila-Matas le replica que él fue muy pobre y muy infeliz; ¿y yo?, ¿qué puedo replicar?), de hecho Hemingway era más pobre -y también, me atrevo a suponer, más feliz- de lo que yo soy ahora en París. Y si tan pobre y tan orgulloso eres, lo primero que haces al llegar a París no es meterte en un café de la Place Saint-Michel (precisamente la Place Saint-Michel, la puerta de entrada al Barrio Latino, a la orilla del Sena, junto a Notre-Dame) y pedirte un crème que te puede robar en tan sólo unos minutos una importante parte de tu presupuesto para todo ese mes. O tal vez sí entró allí, quién sabe, yo mismo he hecho alguna estupidez cafeconómica similar durante estos meses.

Pero, obviamente, yo no creo que ocurriera así. Cuenta además Ernest que después pidió dos rones Saint-James, y después una docena de ostras (portuguesas) y media jarra de vino blanco. En un café de la Place Saint-Michel (hoy casi todos los cafés de París alardean de que allí escribía Hemingway sus cuentos; pero también Bolaño vivió aquí un tiempo, y también Auster, y también decenas de millones de personas de las que nadie, ni siquiera ellos mismos, han oído hablar; si hasta yo he llegado a París). No está mal para ser muy pobre.

No, no creo que ocurriera así. Pero dice también Ernest de aquella joven que entró allí en aquel café empujada por el azar o el descuido, era muy linda, de cara fresca como una moneda recién acuñada si vamos a suponer que se acuñan monedas en carne suave de cutis fresco de lluvia, y el pelo era negro como ala de cuervo y le daba en la mejilla un limpio corte en diagonal.

¿Podemos imaginar un párrafo más cursi?

Por supuesto que podemos, aunque éste ya lo es bastante. Yo, por mi parte, no creo que ocurriera así, porque Ernest comenzó a escribir esas palabras 31 años después de haber abandonado París, en 1957 (residió aquí de 1921 a 1926). Es más, me atrevo a asegurar que Hemingway no pudo llegar a pensar en esta estúpida metáfora antes de 1950. Nadie más o menos joven, pobre y feliz compararía nunca una cara linda y fresca con una moneda recién acuñada. Ni siquiera Ernest Hemingway. O tal vez sí ocurrió así, y Ernest guardó esas palabras y esa imagen y ese recuerdo de aquella joven imposible en algún papel o en algún enfermizo rincón de su mente, junto con el café, los rones, las ostras y el vino blanco.

Yo no creo que ocurriera así, pero lo cierto es que nada de esto importa. No importa en absoluto. Las palabras sí ocurrieron, aquí están, al menos por ahora. No importa si aquello ocurrió o no, no importa que Ernest lo imaginara o lo soñara borracho bajo la noche de París. No importa lo que quisiera decir ni cómo ni cuándo ni dónde escribió esas palabras. A la mierda la intentio auctoris. Importa que aquel encuentro, que aquella tarde de lluvia, que aquel espacio donde guarecerse, donde escribir, donde ver cómo entra inaccesible una hermosa joven de París, seguirá ocurriendo o pudiendo siempre ocurrir.

(¿No dije que por supuesto que podíamos imaginar un párrafo aun más cursi que el de Ernest?)

Importa, al fin y al cabo, la literatura.

Dijo también Ernest a un amigo, años después de haber abandonado París, si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue. Dice también Ernest, París no se acaba nunca.

Oh.

-> Hemingway, Ernest - París era una fiesta

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