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Palabras, palabras, palabras...

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Chemi, 26 años, París

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Sábado, 04 de marzo de 2006

Unas palabras de Alexievitch

« J'avais 12 ans quand un événement a fait éclater ce monde livresque. En Biélorussie, nous avons une fête où tout le monde va au cimetière. Ce jour-là, une vieille femme que l'on appelait tante Marie restait toujours seule. J'ai demandé pourquoi, on m'a répondu : tu es trop petite pour le savoir. Mais, dans le monde clos du village, tout se sait. J'ai appris que, pendant la guerre, lorsque les Allemands envoyaient des expéditions punitives dans les villages accusés de collaborer avec les partisans, quelqu'un a pu prévenir que notre village allait être brûlé et tous les gens sont partis précipitamment sans avoir le temps de prendre de la nourriture. Les villageois se sont réfugiés dans les marécages, enfoncés dans l'eau jusqu'au cou, pour ne pas être traqués par les chiens allemands. Ils sont restés ainsi pendant une semaine, le jour dans l'eau, la nuit assis sur des souches. Cette femme avait trois enfants. L'une de ses filles pleurait tout le temps. Au cinquième jour, les gens ont entendu cette petite fille crier «maman, ne me tue pas, ne me noie pas, je ne te demanderai plus jamais à manger». Quand elle pleurait, elle mettait en danger la vie des villageois. Et un matin cette petite n'était plus là, sa mère l'avait tuée. D'un côté cette femme a sauvé le village et d'un autre côté elle a fait quelque chose d'inimaginable. Le village l'a condamnée : personne ne lui a plus parlé. Lorsque son mari est revenu du front, il l'a quittée. A côté de cette histoire, les récits des livres me sont apparus insuffisants »

Svetlana Alexievitch
Entretien dans Libération, 15 mars 2003



« Tenía 12 años cuando un acontecimiento hizo estallar todo ese mundo libresco. En Bielorrusia hay ud día de fiesta en el que todo el mundo va al cementerio. Pero ese día, una mujer mayor a la que llamábamos Tía Marie se quedaba siempre en casa. Yo pregunté por qué, y me respondieron: eres demasiado pequeña para saberlo. Pero en aquel mundo cerrado que era mi pueblo todo se sabía. Me enteré de que durante la guerra, cuando los alemanes enviaban expediciones de castigo a los pueblos acusados de colaborar con los partisanos, alguien pudo avisar de que nuestro puebo iba a ser quemado, por lo que todo el mundo se marchó precipitadamente, sin tiempo ni para coger algo de comida. Se refugiaron en los pantanos, sumergidos hasta al cuello en el agua para que los perros de los alemanes no les descubrieran. Estuvieron así durante una semana, por el día en el agua, por la noche subidos a los árboles. Esta mujer tenía tres hijas. Una de las niñas lloraba todo el tiempo. Al quinto día, la gente del pueblo oyó a la niña gritar "mamá, no me mates, no me ahogues, ya no te volveré a pedir comida". Cuando lloraba, ponía en peligro la vida de todos. Y una mañana la niña ya no estaba, su madre la había matado. Por una parte, esta mujer salvó a todo el pueblo, pero por otra, había hecho algo inimaginable. La gente la condenó: nadie le volvió a hablar. Cuando su marido regresó del frente, la abandonó. Al lado de esta historia, los relatos de los libros se me revelaron insuficientes »

Svetlana Alexievitch
Entrevista en Libération, 15 de marzo de 2003

[la traducción es mía]

Pero esas mismas palabras son ya un relato. Creamos y re-creamos el mundo siempre con palabras. El mundo, la existencia, la realidad, son un relato continuo, una re-creación interminable y sin pausa en la que las palabras brotan sin cesar, bullen en una fuente inagotable, imperecedera, que surte de palabras y más palabras nuestro espacio y nuestro tiempo, a los que precisamente con-forma con ese acto extraño y misterioso en el que inunda a los hombres y en el que los hombres nacen y respiran y se alimentan y del que no pueden escapar. Palabras. No hay sino relatos, sino infinitos listados de palabras en los que increíblemente imaginamos trazado un sentido, una voluntad, un significado, un mensaje. Palabras, palabras. Andamos sobre ellas, nos llueven en la cara, las inhalamos, las masticamos, las degustamos, nos intoxicamos, las apartamos para pasar, las olemos, nos golpean, nos vestimos con ellas, nos hacen sangrar, nos dan la muerte y la vida, que no son nada más que palabras, que no son nada menos que palabras. Somos relatos, somos un relato, todo lo que tiene cabida en la palabra 'todo' es un continuo de palabras veloces o lentas, fugaces, pesadas, hermosas, horribles, que no cesan de moverse, de atravesarnos y rodearnos, de ocuparlo todo y de afirmarlo todo y de negar cualquier posibilidad a parte de ellas o sin ellas. El mundo y tu vida y el hambre y mirar por el balcón y el universo y el calor y vomitar son relatos y son también un gran relato único que hace avanzar al tiempo, empujándolo atropelladamente, y que también hace retroceder al tiempo, un relato que se mueve en todas direcciones, que crece y decrece en todas dimensiones, en una indefectible re-creación de lo que ha sido y de lo que será. Todo es un relato y todo son palabras y no hay nada más que palabras y en ellas no vemos nada más que relatos aquí y allá, de límites arbitrarios, individuales, intersubjetivos, colectivos. La verdad es un relato, la mentira es un relato, la belleza es un relato, la literatura es un relato, París durante la noche y el frío es un relato y París ayer es un relato y tú eres un relato, un torrente de palabras alborotadas que fluyen a borbotones.

El relato no es insuficiente, el relato es el canon, es la medida de todas las cosas, es el espejo y es la cara que se mira en el espejo y es la imagen que muestra el espejo.

Los relatos no son, no pueden ser, insuficientes. Son lo único que tenemos, son todo lo que tenemos.

Después, un relato concreto y en referencia a unos criterios cualesquiera, puede ser, entonces sí, estúpido, magnífico, genial, insuficiente.

Por Chemi | Literatura | Comentarios (0) | Referencias (0)

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